miércoles, julio 20, 2005

Viejo prólogo

Esta noche empiezo a escribir ‘aristas e imposturas’, nombre tentativo de este texto que pretendo autobiográfico, pero que no imagino mucho más. Al escribirlo -y escribirme a través de él- nos iré inventando. Sé que cuando acabe seré otra. No por el obvio dato heracliteano, sino más bien porque pretendo destruir en él a mi antiguo personaje, reinventarme una vez más y elaborar un traje a la medida de una nueva vida que sospecho, que veo de reojo en un futuro imaginario. No sé si ésta será una mejor vida, pero al menos será otra, y desde ya puedo decir que la que tengo ahora no me alcanza. Tanto es así que en un momento, en muchos en realidad, he pensado acabar con ella. Me suicidé por escrito incluso. Pero esta muerte parcial me deja en un umbral del que sólo puedo escapar inventándome un camino. Si este camino no tuviera suficientes pasiones, lugares de reposo, intersecciones con el camino de otros, curvas y desvíos, opciones y placer, entonces mejor dar la media vuelta y suicidarme por completo, dentro y fuera de las palabras. Para qué diablos vivir vidas mediocres. En ello hay poca dignidad. En ello hay algo infinitamente triste y, por desgracia, generalizado. Tanta vida a medias. Tanta vida pobre sino radical en su miseria. Tanta desolación, desesperanza, vacío. No es que mi suicidio vaya a ayudar a hacer las vidas que me rodean más felices. Probablemente sus efectos vayan en sentido contrario. Pero en fin. Tampoco me arrogaré un papel de celadora de felicidades ajenas si nada logro con la mía propia. Y aclaro: no es que aspire a la felicidad, vieja ilusión. No. Tampoco a liberarme del sufrimiento. Si esa fuera la única salida mejor compro boletos de la lotería o me suicido de inmediato. No. A lo que aspiro es a una cierta dignidad. Lo que, claro está, para cada cual es diferente. En mi caso se relaciona con exigencias y sueños bordados durante la adolescencia, postergados durante mi vida adulta por considerarlos hubris desencadenante de giros trágicos, pero vueltos a recuperar en un momento de debilidad de mi sistema defensivo. Aquí están, reclamando su lugar, la creatividad, el romanticismo, la pasión política. Aquí está, incomodando, la exigencia de una vida radical. De radical belleza, radical singularidad, de sentidos radicales. Más de algún lector o amigo o ambas cosas dirá ‘por dios, qué ingenuidad, pura y santa estupidez’. Lo sé y me importa un comino. Es aquella estupidez lo único que hoy por hoy logra conmoverme y atarme a los días. Sólo ella me permite imaginar el futuro, el mío digo, sin asco y sin mareos. Y de los mareos ya he tenido demasiado. Mareos que me han llevado a dar tumbos por lugares mal diseñados, me han hecho caer por pendientes de cobardía, me han arrojado al suelo aferrándome a ese piso inmundo por temor a caer aún más bajo. Dirán también que esto que escribo no es literatura. Desde cuándo lo es pretenciosamente hilvanar trajes para sí. No lo es. Y la solución a ese problema tan aparente es no publicar, así de fácil. Pero entonces surge otro problema. Qué hacer con el deseo de un lector. Qué hacer con la fantasía literaturizante. No lo sé. Quizás la respuesta aparezca mientras construyo el texto. Quizás surja de él. Quizás no la encuentre, por supuesto, es muy probable. Y entonces no haya nada qué hacer más que apostar a un lector amigo, amante o -en el peor de los casos- siquiatra. Cómo no imaginar a un biógrafo metido en mis archivos o a mis hijos amándome u odiándome por cada letra puesta como si ella fuese más verdad que lo vivido. El peor destino que imagino para estas letras es acabar leídas bajo un manto de cocaína a sujetos de los que no esperara más que una admiración tan fácil como evanescente y vana. Baste encontrar oídos suficientemente tontos o iletrados. Ay, ojalá no sea ese su destino. Ojalá encuentre otro o lo pueda construir.
* La fotografía corresponde a la fotógrafa norteamericana Cindy Sherman.