miércoles, julio 20, 2005

Treinta años como yo

Se me ha pedido que escriba sobre el golpe de Estado y no sé por dónde empezar. Me lo ha pedido el director de la revista que usted lector tiene en sus manos porque le ha gustado interesado lo que sea el testimonio que he escrito hace cuatro años ya sobre el impacto que en mi vida tuvo (ha tenido) el alevoso asesinato de mi padre. Se me ha pedido por lo tanto un texto testimonial como lugar de rareza en una publicación académica de tono crítico de izquierda intelectual. No sé cómo satisfacer esa expectativa. Mi testimonio ya lo he dado y si a alguien le interesa puede encontrarlo en internet. Retomarlo ponerlo al día tensarlo con los nuevos acontecimientos sería provocar trizaduras en su frágil coherencia textual. O más bien sería impostar un tono animado en otros tiempos por momentos de vida y contextos hoy desaparecidos. Sin embargo agradezco que se me ofrezca la posibilidad de ocupar el lugar de la rareza. Amplio lugar de libertad. Vamos a ver si Galende después de leer mis desvaríos todavía me quiere publicar. Ahora que he agotado la introducción la cosa se complica. Qué decir sobre el golpe de Estado cuando cumple treinta años como yo. Qué decir sobre el impacto que el golpe ha dejado en mi vida desde otra perspectiva que la de la imaginación herida de la que he hablado ya. Se me ocurre por ejemplo hablar de la permanencia del golpe en mi cotidianidad a través de los juicios en los que concreta o mentalmente me he visto involucrada. Primero contra Pinochet y los torturadores de mi padre en el que me tuve que enfrentar a la avidez de periodistas a una exposición pública no alcanzada a calcular a la focalización permanente de mi imaginación en el daño a mi vida a mi corazón y a mi mente. Creérmelo como si en ello no hubiera paradojas ni distancia ni versiones yuxtapuestas. Creérmelo como si yo no pudiese gozar un poco también de ese daño. Porque de los daños se goza y no me vengan a mí con cuentos. Se goza por vanidad. La vanidad de sentir que el dolor nos hace más complejos más lúcidos más preparados para enfrentar los otros golpes de la vida. El asunto es que me involucré en ese juicio no sólo por la visión política de que era necesario levantar algo del polvo que yacía sobre lo acallado. Me involucré sobretodo porque sentí que de ello dependía la dignidad de la memoria de mi padre y la libertad de sus amigos que enfrentaban querellas por injurias potenciadas por la temible ley de seguridad del Estado simplemente por haber dicho la verdad. Verdad que en pocas palabras podría resumirse en que el señor Hernán Gabrielli teniente en la época del golpe y ahora (entonces) segundo hombre de la Fach había torturado cruelmente a mi padre frente a testigos. Pero esto de los juicios creo yo es más para la tele para poner en la agenda aquellos temas que interesa que se hablen que para sentar jurisprudencia o dañar a quienes de por sí ya están dañados. Y así me explico con el perdón de mis abogados especialmente de mi amiga Carmen Hertz el que el juicio no haya terminado en veredicto sino en abandono negligente. Gabrielli salió por la puerta trasera de la institución que lo avalaba con repudio público. Eso estuvo bien. Pero ahora vuelve a aparecer en la pantalla avalado esta vez por Gemma Contreras y su equipo de pluralistas inmorales publicitando sus productos: lencería fina y no tan fina maquillaje perfumes de channel. Angel Gabrielli ordinario con sus calzoncillos atigrados en la mano pero ángel al fin. A favor mío y de mis abogados debo decir que el juicio no tenía posibilidad de prosperar. Qué se haga cargo la funa. Y el maldito que se pudra en su conciencia. Qué puedo hacer yo. Me dirán mandar cartas retomar el juicio unirme a la funa. Bueno creo que al escribir esto algo hago. Pongo mi rabia arriba de la mesa que viene a ser lo mismo que mandar cartas retomar el juicio o unirme a la funa. Quizá incluso tenga más repercusión. Vaya uno a saber. Me salto ahora al segundo juicio. Uno proyectado. Juicio civil contra el Estado de Chile. Según tengo entendido Carmen Soria y la familia Letelier han ganado una churrada de millones en esto de exigir que paguen todos por lo que hicieron unos pocos. Debo reconocer que las cifras despiertan mi ambición. Quién no ha soñado con volverse millonario. Pero mi ambición tiene límites sobretodo en temas sensibles como éste (y créanme que éste es un tema sensible a pesar del ánimo que me inunda y que no pienso disimular con imposturas). Y en este caso el límite que veo es mi falta de discurso para disfrazar mi ambición de alguna otra cosa más digna. En público siempre puedo hacerme la tonta. Decir por ejemplo que si la plata será destinada a gastos de representación de gobernantes por qué no utilizarla como advertencia de los costos finalmente traducibles en dinero que pueden significar para un país perder totalmente la legalidad la cordura y el respeto. Sin hablar de la compasión también perdida. Pero no me lo creo y en privado sola o con los míos no podría dejar de experienciar todo el asunto como un negocio con costos como cualquier otro para conseguir abultados fondos mutuos para mí. No me creo que la plata del Estado sea para representación de gobernantes. Decir esto no sólo sería una tonta parcialidad sino que además reforzaría el importante pero sobredimensionado asunto de la corrupción y de las coimas. Que por lo demás también se vería reforzado por el hecho de que personajes vinculados de una u otra manera a la familia gobernante se llenen los bolsillos con plata que bien podría ser destinada a otros asuntos. Aunque Carmen Soria o yo no seamos más que ovejas negras en esta familia tangenciales rarezas nuevamente estos juicios son muy elitistas nadie quiere que se vuelvan masivos y la prensa les baja el perfil de manera por cierto interesada. Aquí debo decir que no desconfío de los buenos sentimientos ni argumentos de los abogados de derechos humanos Carmen Soria o la familia Letelier. Simplemente mis argumentos (sentimientos) invariablemente se desvían hacia zonas peor iluminadas. Hacia mi estómago delicado al que la mezcla nauseabunda entre ambición dinero poder mirada pública y el cuerpo mutilado de mi padre pudiera causar indigestión. Hacia la pregunta del millón cuánto vale negociemos. Valor de cambio finalmente el cuerpo de mi padre transformado en mercancía como todo o casi todo lo demás. Lo único gratuito es la muerte ha dicho Freud. En otro contexto podría afirmarse que la muerte está muy bien pagada. Vuelvo a insistir la mezcla es nauseabunda pues pone frente a frente al cinismo y al dolor. Y como en un juego de espejos tentador alucinante invita a construir la historia desde ahí. Pero como se habrá podido percatar usted lector inteligente la mezcla se produce también aquí en mi escritura y mi estómago resiste. Por lo tanto aún puede que mi ambición sea más fuerte y me arroje a los brazos de decisiones hedonistas aunque después de estas diatribas (si Galende se interesa en publicarlas) ya cagué. No sé. Se me ocurre que mi parálisis para decidir a este respecto se vincula con que no logro calcular los posibles devenires de mi acción. Capaz que sólo me provoque amargura ese dinero y en cada cheque que firme mi imaginación herida sangre de pudor. Si esto le parece a usted una locura lo comprendo. No me ha interesado aquí la coherencia para eso están los textos de los lados que imagino magníficos y brillantes en su analizar. Lo mío en cambio está para ser analizado. Ya en el testimonio al que aludí al comienzo de este texto me dediqué a escarbar en la llaga adolorida en lo siniestro que palpita en lo familiar. Ahora me dedico de lleno a lo familiar lo que no significa que usted no pueda poner el ojo en sus palpitaciones ominosas. A poner en evidencia el lenguaje tantas veces apresurado frívolo o directamente imbécil si usted quiere con que registramos las cosas de la vida. Este lenguaje aunque importante y mucho también ha sido silenciado de los escenarios públicos. Probablemente a eso se deban el escándalo y la fascinación que provocan los shows de realidad que en estos días saturan las pantallas y que yo celebro aunque me indigne tanta estupidez. Así que si a usted le indignan mis palabras no me queda más que cerrar la boca y aceptar estoica golpes nuevos. Quizás le interese más saber que cuando murió mi abuela heredé un puñado de cartas de mi padre cartas de amor y que éstas me hicieron llorar. Pero a pesar de que se me partió el alma y lloré no fue una nueva herida fue la herida vieja que sangraba. Que sangraba por lo demás menos seguido porque el haber podido escribir sobre ella haberla compartido haberme reconocido en la mirada emocionada de muchos que me acompañaron en la lectura de ese texto hizo el vaivén de las apariciones de la pena más amplio. Algo hizo por mí el poder de enunciación o la vanidad de la escritura directamente. Algo me permitió expulsar e incorporar. Expulsar algo del pus incorporar nuevas visiones sentidos de mi historia que escapan al confín de los estrechos pasillos de la angustia.