jueves, agosto 04, 2005

Tócame la herida, Amor

El miedo a la humillación ocupa gran parte de los pensamientos conscientes y las peores pesadillas de la mayoría de las personas. Dejar de temerle, aprender a gozarla, opera como una válvula de escape, una extraordinaria liberación de energía. Tememos, por ejemplo, que aquellos a quienes deseamos nos encuentren feos, tontos, lamentables. Escuchar sus insultos es como una profecía autocumplida. Finalmente se nos reconoce como los seres miserables que somos y, a pesar de ello, se nos desea y acoge. Y si no es así, si no se nos acoge y desea, al menos ha alcanzado a operar el efecto catártico de la desnudez. Por fin podemos mostrarnos patéticos, repugnantes, desvergonzados, obscenos. Y el otro no se hace el tonto, no gira la cabeza hacia un lado fingiendo que no ve. No. Al contrario: mira directamente a nuestra llaga y mete el dedo. ¡Por fin alguien la toca! Entonces le agradezco y le pido más palabras crueles. Al fin pronunciadas en voz alta luego de haberlas escuchado tantas veces como un rumor en algún oscuro rincón del subconsciente.
Cuando la mirada de otro me descubre siendo así, casi un despojo, siento que al fin no queda nada que esconder, que el miedo finalmente ha sido roto. Me reconcilio conmigo misma, me exhibo abyecta e indigna, me amo así y amándome me erotizo.

2 Comentarios:

Blogger Ángel mutante said...

Aplausitos con alitas a la altura del culito por este excelente posteíto que se había quedado guachito de comentarios.

Besitos aniquiladores.


Chaooooo.

Y ya... desactiva esa mierda de las clave que hay que poner!!!

7:00 a. m.  
Blogger Noelle said...

guau, esta muy bueno ...

2:25 p. m.  

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