
Nunca me habían golpeado. El primero en hacerlo fue un hombre al que apenas conocía. Comenzó por una bofetada que no me hizo ni cosquillas. Lo miré a los ojos, desafiante, y le dije: “más fuerte”. Volvió a golpearme, esta vez con mayor intensidad. Con los dientes apretados y la voz endurecida, le dije “mucho más fuerte”. Por fin entendió a lo que me refería; me dio entonces un golpe tan fuerte que me arrojó al suelo. Desde el suelo lo miré con una expresión que hoy conozco muy bien, mezcla entre vulnerabilidad y orgullo. Me levantó cogiéndome de un brazo y me dijo que debía mantenerme en pie. Volvió a golpearme. Esta vez estuve a punto de perder el equilibrio pero resistí el embate. Sentía un escozor donde había estado su mano. Sentía que se me mojaban los calzones. Volví a levantar la mirada. No tenía miedo en absoluto: sólo esperaba que aquel hombre se atreviera a golpearme nuevamente. Lo hizo. Una y otra vez hasta dejarme incapacitada para estar de pie. Mi inmensa capacidad para el goce parecía desconcertarlo. Quería verme sufrir y sólo lograba convertirse en esclavo de mi capricho
masoquista. Mientras más le pedía, más se desdibujaba el control que pretendía tener sobre la situación. De pronto, vi que la furia se apoderaba de su gesto y cerrando el puño lo dejaba caer sobre mi rostro. Sentí la sangre escurrir por mis narices. Había logrado mi propósito. Tenía los ojos desorbitados y le temblaban las venas del cogote. Comprendí que debía tranquilizarlo. Con la cara bañada de sangre, le dije, con la voz más dulce de la que fui capaz: “lo has hecho muy bien, amor, descansa” y le abrí la cremallera en señal de agradecimiento.
2 Comentarios:
He abierto demasiado pronto. Aún tengo que pensar que te pongo. Lo siento.
Adelante, tómese su tiempo.
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