Editando la propia biografía: Tarnation
Anoche vi un documental que me hizo pensar en mi manía autorreferente, en esta suerte de voluntad de autopromoción que moviliza desde las propias intenciones a la blogósfera. Se trata de Tarnation, filmada, editada y dirigida por Jonathan Caouette. Jonathan tiene 32 años -la edad mía- y se ha pasado los últimos 24 registrando su propia vida de diferentes formas. Antes de cumplir seis años, Jonathan fue abandonado por su padre, huyó con su madre diagnosticada de esquizofrenia a vagar por los Estados Unidos, presenció cómo ella era violada, fue separado de su madre y puesto en casas de cuidado donde sus padres adoptivos abusaron de él en forma sistemática y, finalmente, fue adoptado por sus abuelos, los mismos a quienes culpa por la enfermedad de su mamá.
De ahí en adelante la historia de Jonathan es la de un niño, y luego un hombre, aterrado de su propia mente y de la posibilidad de la locura.
Tarnation cuenta esta vida, desde la perspectiva muy peculiar de quien la ha vivido, a través de filmaciones de video, cintas de audio, fotografías, registros de su máquina contestadora, etcétera.
Todos esos pequeños registros que van quedando de cualquier existencia moderna son puestos por el autor (personaje) al servicio de la historia que le interesa transmitir, la que lo hace amarse a sí mismo, con lástima, pero también con indulgencia y ternura.
Los horrores padecidos por su madre, el patetismo desquiciado de sus abuelos, sus propios -semanales- intentos de suicidio, sus novios y el sexo grupal, sus fantasías de grandeza, de singularidad, de fama, son la materia prima de sus registros. Enlazados con influencia del cine underground, Jonathan va construyendo una épica de sí mismo.
Es autorreferente y exhibicionista, es cierto, también autocompasivo, melodramático y masoquista. Pone el dedo en su propia llaga sin descanso, lo vemos humillarse frente al ojo sádico de la cámara. Convierte su vida en un set y a quienes lo rodean en personajes secundarios de su historia. Hace de su experiencia un ejemplo, de su locura un fetiche.
La ternura y la compasión hacia sí mismo, el amor por su novio y por su madre, permiten que lo que durante la mayor parte de la historia ha sido la narración de una caída se detenga hacia el final. Y que, como personaje, Jonathan se salve. Cae su madre, caen sus abuelos, la justicia, la salud mental norteamericanas, cae la televisión. Pero el protagonista no. He stands up and deliver, en un ejemplo notable de superación personal.
Cabe preguntarse si el autor también se ve afectado por esta suerte de redención. Si la narración de la experiencia, la posibilidad de su transmisión, dota de un sentido al sufrimiento padecido. Si abre nuevas perspectivas, proyecciones. Si, como de un ambiente terapéutico se tratara, permite comprender y superar.
Cabe preguntarse si el ejercicio de edición y los ojos espejeantes de los espectadores amplían o no el espacio para actuar.
Me pregunto qué diferencia haría que el personaje no fuese redimido. Que no existiera esta salvación moral, amorosa, como piedra de toque del relato.
Pienso que en ese caso los espectadores nos veríamos mucho más exigidos y seríamos también más exigentes. Algunos se enfrentarían a un goce morboso tal vez incómodo. Muchos se preguntarían qué hace que el ejercicio de reeditar una vida de mierda, sin moralejas de resiliencia de por medio, valga la pena.
Como estética la decadencia está agotada, sólo quedan sus ecos balbuceantes. En blogs, en poesía inpublicable, en conversaciones trasnochadas y letras de canciones. Esta convicción parece encarnar el punk cristiano de Jonathan Caouette.



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