miércoles, noviembre 30, 2005

Cita V

FAUSTO.-- ¿Qué es lo que me ofreces? Alimento que no sacia; oro candente que, como el mercurio, se escapa de las manos sin descanso; un juego en el que nunca se gana; una muchacha que, abrazada a mi pecho, ya guiña el ojo y se entiende con el más cercano; el espléndido y divino placer del honor que se desvanece como un meteoro. Muéstrame frutos que se pudran antes de nacer y árboles que verdeen de nuevo cada día.
MEFISTÓFELES.-- Esos tesores que dices, yo te los puedo ofrecer. Mas, amigo querido, también se acerca el tiempo en que podamos regaladamente comer en paz alguna cosa buena.
FAUSTO.-- Si me tiendo ocioso y descansado sobre un lecho, si con halagos puedes engañarme hasta el punto de estar satisfecho de mí mismo, si logras seducirme a fuerza de goces, muera yo inmediatamente. Te propongo la apuesta.
MEFISTÓFELES.-- ¡Aceptada!
FAUSTO.-- ¡Choquen nuestras manos! Si un día le digo a un instante fugaz: "¡Detente! ¡Eres tan hermoso!", puedes atarme entonces con cadenas y terminarse el tiempo para mí.
* J.W. Goethe, Fausto, Editorial Sudamericana, Bs. As., 1999, p. 75. Primera versión alemana publicada en 1772.

lunes, noviembre 14, 2005

La vulva negra


Me vio y me encontró linda, adorable. Supuso que podría hundirse en mi carne felizmente. Sospechó incluso que podría amarme hasta los huesos. Estaba tan contento, entusiasmado. Hasta que me pidió que me levantara la falda y vio que de la vulva me caían gotas negras.

Libertad

Le ofrezco un suspiro

Le ruego me sujete las manos
me las mantenga firmes
para sentir que mi inmovilidad es un deseo de otro.

domingo, noviembre 13, 2005

Sicópata europeo (manifiesto)

Que los cobardes y estúpidos se larguen porque hoy pienso hablar de un goce supremo. Me he cansado de follarme a putas y putos hasta reventarlos. Les he abierto todos sus agujeros y les he creado algunos nuevos frente a sus hijos y madres. Los he penetrado hasta sentir sus vísceras y he sentido deseos de arrancárselas. Los he restregado con mis fluidos y los he alimentado con ellos. He mirado sus ojos suplicantes antes de escupirles su miseria a la cara. He abandonado sus cuerpos exhaustos como carroña para perros y delincuentes. He disfrutado humillándolos y observando como se transformaban en pura energía hacia mí: en amor, en odio, en evidente admiración. Me he puesto en el lugar de ellos y les he permitido a mis novias que me pateasen en el suelo su venganza, he lamido el culo de sus esposos y me he dejado abofetear por sus cabrones. Pero ya no. Ya no lo disfruto. Sueño con bacanales en las que poder saciarme, culminando en pasión colectiva lo que hasta ahora no han sido más que vicios privados, con mi ciudad transformada por un festín de órganos y placer sin límites. Pero esta ciudad está llena de imbéciles e hipócritas redomados, incapaces de mirar de frente sus deseos de pasión y crueldad. Hubo un tiempo en que gozaba viendo a mis mujeres comer en el suelo carne cruda. "Basta de sensiblería, convéncete de comes cadáveres", les decía. Era tan hermoso verlas llorar entonces, por fin conscientes de su naturaleza depredadora, que no podía evitar acariciarles la cabeza. Pero ya no. Ya no encuentro placer alguno en la educación sexual. Por lo demás, mis ex alumnas, en vez de salir fortalecidas de la experiencia y agradecerme las lecciones inculcadas a punta de sudor y semen, terminaban todas cagadas, yendo a llorarle sus miserias a un doctorcito cualquiera. Ya no. Sólo me dejo seducir por la posibilidad de una clase magistral, de la que hasta los más mediocres puedan sacar partido, para lo otro ya no tengo paciencia. Entiéndanme: a los placeres de la carne no voy a renunciar, simplemente quiero más de ellos, más y más y más. Quiero hacer con la carne una obra maestra. Hay algo patético en el arte convertido en una fábrica de salchichas. Los artistas hacen su pequeño trabajo que a nadie le importa llenos de arrogancia y vanidad. Perdedores del mercado en la mayoría de los casos, políticamente ineficaces, juegan a alterar un poco -y sólo un poco- las formas, para conseguir el beneplácito de un puñado de entendidos en la materia. ¡¡Y qué materia!! Pasaron del óleo a los alambres y las luces de neón. Mediocres. Y del peor tipo: mediocres que no saben que lo son. Atrapados en su trampa democrática. Jugando a volver al pueblo, pero hambrientos de reconocimiento y de subsidios. Ya podré dañarles un poco su acalorada autoestima. Con la obra que tengo en mente les daré una lección de verdadera nobleza. Tomen nota, imbéciles. En un mundo anestesiado por los medios de comunicación y la miseria, en el que se ha perdido todo sentido de la belleza, en el que la naturaleza es humillada por una cultura de masas embrutecidas, el único material capaz de conmover, de hacer una diferencia, de llamar la atención sobre lo que se ha perdido o lo que podría ser, el único material verdaderamente noble, es la carne humana. Ante tanta mezquindad, no puedo más que dar todo de mí. De ese modo dejaré la vara suficientemente alta como para que las generaciones que vienen vuelvan a mirar al cielo. No a dioses cada vez más debilitados y oportunistas. No. Al horizonte de sus propias posibilidades. Posibilidades olvidadas junto al instinto. Posibilidades coartadas por el temor. Posibilidad de ser dueños y señores de su destino y darse todos los malditos gustos que puedan imaginar. Pienso hacer una masacre, una perturbadora fiesta de la carne, sin otra motivación que la liberación del deseo. Mi obra será tejida con sangre humana y lágrimas de verdad. Será un regalo para quienes lo sepan aprovechar y, por supuesto, un gusto para mí. Me someteré a las consecuencias que llegarán inevitables. Seré esclavo por el resto de mis días, encerrado en una jaula como un perro. Pero llevaré adelante mis planes con amor: yo mismo pondré las bombas.

* La fotografía corresponde a Juan Dávila, chileno, artista visual.

domingo, noviembre 06, 2005

Conversaciones familiares V

Ella (4): Mamá, ¿cuánto falta para llegar a la cueva?
Yo: Poco.
Ella: Es que estoy cansada.
Yo: Si no llegamos, no encontraremos el tesoro.
Ella: De todas maneras no quiero encontrarlo.
Yo: ¿Por qué, amor?
Ella: Porque los tesoros, cuando uno los encuentra, se mueren.