Arte en el lugar de la pobreza
Una vez que Zapallo tuvo que desafiliarse de las Juventudes Comunistas (porque ya no era lo suficientemente joven o porque ya no era lo suficientemente comunista) comenzó una verdadera militancia en la cultura artística local: mesas redondas, reuniones, manifiestos, inauguraciones, caminatas, lanzamientos, cuotas para esto y lo de más allá y una intensa lectura de catálogos. No porque fuera un productor de obras de arte, si no porque era un diletante, artista por contigüidad con los artistas.Ella lloró porque no se acostumbraba a ese barrio pobre donde morían personas desangradas en la puerta de su casa. Se desesperó por cosas de madre: la calidad de los jardines infantiles, la cantidad de horas que los niños del barrio pasan frente al televisor, ese tipo de cosas. “¿No será mejor arrendar un departamento en el centro, Zapallito?” Pero Zapallo había nacido en esa casa y dejarla para ir a vivir a un barrio más cómodo hubiera significado una penosa traición a sus principios.
Por esas cosas de la pasión y de los esfuerzos inútiles, a todas luces excéntricos, se le ocurrió que en vez de desplazarse ellos hacia el centro, debían llevar el centro al patio de su casa. Y de esta manera comenzó el extraño proyecto de instalar una galería de arte. Juntó peso por peso almorzando completos, veraneando en la plaza y caminando kilómetros para ahorrarse las monedas de la micro.
Ella no sólo se vio obligada a hacer lo mismo sino que además tuvo que ponerse a lavar ropa a mano una vez que su lavadora dejó de funcionar. Pero finalmente la pasión se le pegó como el Sida: de una vez y para siempre. “Construiremos una galería de arte aquí en el patio de nuestra casa, traeremos obras contemporáneas y experimentales, obras de artistas jóvenes, invitaremos a críticos, curadores, profesores, artistas y diletantes; y a los vecinos también. A los vecinos de la junta de vecinos y a los de la radio libre, al alcalde y a los concejales, a los del canal de televisión de La Victoria y a las señoras del Centro de Madres... a todos los que quieran venir. Después veremos qué pasa.”
Tuvieron que quebrar el chanchito y gastarse los ahorros. Tuvieron que mendigarle al Fondart y prometerle al Estado que su proyecto serviría. Tuvieron que usar todas las formas de persuasión imaginables para convencer a personas disímiles de que martillaran, pintaran, diseñaran, escribieran y cocinaran gratis. Tuvieron que hacer malabarismos con la economía doméstica y trabajar como locos. Pero finalmente inauguraron su galería.
El lugar
Son 50 o 60 metros cuadrados con muros y techo de zinc. Espacio precario, de iluminación barata y piso de cemento desigual, contrastante con la estética de vitrina de las galerías de arte comerciales. No quisieron parecerse a ellas pero tampoco hubo un gesto de apelación a la pobreza, simplemente fueron pobres, construyeron como construyen los pobres, con las viejas técnicas de la autoconstrucción y el pegoteo.
Desde una mirada exterior poco diferenciaría a este galpón de arte del taller mecánico colindante sino fuera porque en su frontis hay escrito con luces rojas de neón el nombre “Galería Metropolitana”. Nombre sin duda irónico dada la marginalidad de su emplazamiento geográfico. Parodia y cita al lugar central de la metrópolis.
La Galería Metropolitana es un espacio de intersección. En ella se debaten producciones marginadas del circuito comercial de las artes, modos de difusión que recuerdan los lugares de resistencia cultural a la dictadura, lecturas contrastantes de vecinos sin familiaridad con los códigos propios de las artes contemporáneas y de críticos y artistas que parecen aplicar una plantilla para referirse a las obras.
La peregrinación del público de las artes a este barrio marginal quiebra la familiaridad del rito de exposición de obras, haciendo de este modo perceptible lo que otras veces queda invisibilizado por la costumbre: el hecho de que la cultura –su expresión culta y experimental- circula en sectores sociales y geográficos restringidos, donde las obras son leídas con extraordinaria uniformidad.
Por otra parte, para el ojo desacostumbrado de los vecinos, el lenguaje complejo e ilustrado de las obras expuestas en la Galería Metropolitana provoca un quiebre en la noción de arte modelada por la televisión y la escuela pública. Si bien es cierto que los vecinos de la Galería Metropolitana no están familiarizados con los dispositivos de lectura mínimos para la decodificación de las obras, tampoco lo están los vecinos de la Galería Animal. El arte contemporáneo con su renovación incesante, su insistencia en la cita y al mismo tiempo en la ruptura con la tradición, su ambivalencia sugestiva y su imbricado uso de los materiales, es uno de los lenguajes más extraordinariamente complejos de nuestra época.
Sin embargo, por el carácter abierto de las obras, por la manera en que se completan con la mirada del espectador, existe en ellas una invitación a la reflexión y al diálogo más que al juicio definitorio. Provocando emociones y sugiriendo ideas, desafiando nuestra capacidad de reflexión, cuestionando sus propios márgenes y los espacios restringidos en los que se las ha querido situar, las obras contemporáneas provocan la pregunta por el arte.
¿Por qué esto es arte? La misma pregunta en Pedro Aguirre Cerda que en Vitacura o Estación Central. ¿Se puede hacer arte a partir de nuestra propia experiencia cotidiana? ¿Nuestra vida y nuestras cosas también pueden ser un material? ¿Cuál es valor de todo esto?
Durante la dictadura militar se generó en Chile un arte crítico que fue capaz de simbolizar y canalizar el descontento social a través de estrategias de resistencia cultural apoyadas en la exploración de nuevos lenguajes y en la trasgresión de límites. La transición a la democracia, con su perversa insistencia en el olvido, crea un nuevo mapa para las producciones culturales y simbólicas que deja a artistas y obras resistentes a la mercantilización huérfanos de geografía imaginaria. Al mismo tiempo, el recurso de Fondart –o de otras formas de filantropía estatal- es una manera de subsistir que sitúa a los artistas en una encrucijada peligrosa para su vocación crítica.
En este contexto, la Galería Metropolitana –por su independencia y autogestión- parece ser uno de los últimos refugios para la continuación de una historia de las artes visuales en Chile que por la radicalidad de sus gestos no es funcional al mercado ni tampoco al Estado. Los artistas que en ella exponen no sólo usan la pobreza como material de trabajo sino que hacen de la pobreza su lugar de enunciación desde el momento en que renuncian a un oficio sustentable. En este sentido existe una coherencia simbólica entre la precariedad en la que la sociedad chilena sitúa al arte de vocación crítica y la inscripción de este arte en un barrio pobre.
Sin embargo, hay pobrezas y pobrezas. Los artistas que exponen en la Galería Metropolitana deben asumir el desafío de hacer arte para un público muy distinto al de las escuelas en las que se formaron y al de los circuitos de museos y bienales, sin renunciar a la complejidad y densidad de sus lenguajes. Demás está decir que esto no siempre funciona así. Hay exposiciones en las que la insistencia en la referencia académica convierte a las obras en monólogos fríos e insultantes a la sensibilidad de los vecinos.
Otras veces, en cambio, adoptan nuevas formas para reinventar el mundo en que se insertan: utilizan como materia códigos que no son ajenos al imaginario de los vecinos y sobre ellos producen pequeños –y grandes- desplazamientos semánticos. Por su propia ambigüedad hacen posible diversos tipos de lecturas para diversos tipos de lectores, tornándose sugerentes, dialogantes. La mayor o menor cuota de violencia que represente la Galería Metropolitana depende de criterios curatoriales, y estos han sido hasta hora sensibles al diálogo y concientes del solipsismo tautológico de las artes visuales hoy.
La Galería crece a través de los proyectos de los artistas, más allá de los deseos y las fantasías que en un primer momento la hicieron posible. Pero también se va configurando como una obra más. El mundo de lo popular y el mundo del arte culto; el mundo privado de la casa habitación y el mundo público de la Galería, descubren que tienen en común su deseo de salir de la pobreza sin tener que renunciar a sus valores, ni a su historia.



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